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Año 13 - Nº 2 / Abril 2010
En 1984, durante un segundo viaje a Walzenhausen junto a su esposa Eva, Samfinalmente tuvo la oportunidad de conocer al fundador de Just, el legendario Ulrich.
Un sábado por la mañana del verano helvético Sam se encontró por fin con los ojos azules, con la mirada dulce e intensa de un hombre sereno y en paz de 81 años. Ulrich lo recibió en la fábrica, que ese día estaba cerrada porque era sábado. Impecable era su corbata, impecables la camisa y el saco. Ese hombre, que lo conmovió de inmediato, ya sabía quién era Sam. Su hijo Ernst Ernst Jüstrich ya le había hablado de él.
¿Cómo está usted? le dijo en correcto español, dibujando una sonrisa muy agradable.
Hablaba bien el idioma, con marcado acento alemán. Insistió en que conversaran en español, seguramente porque le traería buenos recuerdos de sus comienzos laborales en Argentina. Lo invitó a dar un paseo por los alrededores de ese pueblito tan pintoresco y de auténtica identidad Suiza. A Ulrich le gustaba caminar mientras conversaba pausadamente y sin apuro, siempre con las manos entrelazadas detrás de la espalda. Aunque ya hacía un tiempo que estaba retirado de los negocios concurría a la fábrica todos los días, la recorría, saludaba a su gente, conversaba con ellos y les preguntaba por sus familias a quienes había visto formarse y crecer. Ulrich y Sam salieron de la fábrica, construida sobre una colina desde donde se disfruta la vista del Lago Constanza a sus pies. El sol los acompañaba, la
sensación era cálida y agradable. Ulrich rememoraba su retorno a Suiza en 1930, el encuentro con la terrible situación económica, sus
sueños de entonces, y su necesidad de hacer algo especial por los demás, por su pueblo. ¿Quién
hubiera dicho que años después estos maravillosos productos trascenderían las fronteras suizas para establecerse en 35 países
alrededor del mundo? Habló de la naturaleza como un regalo divino, de la bondad de los productos que
fabricaba, y de su intensa satisfacción por el bienestar que provocaban en la gente.
Porque la vida dijo solo vale la pena si se trabajaba por el bien de los demás, Sam.
Detrás del cabello blanco y de los ojos transparentes de aquel hombre sencillo y sabio se desplegaba el verde del lago, la montaña, el azul intenso del cielo, la multitud de flores. En medio de esa armonía que los rodeaba, conmovido por la espiritualidad que emanaba aquel incansable soñador, Sam comenzaba a sentir que su corazón se abría cada vez más. “Aquí hay algo, aquí encontraste algo nuevo, diferente. No sabías que existía, pero es lo que estabas buscando”, pensó. Y ese fue el inicio. “A partir de ese momento —Sam cuenta hoy—, lo demás, fue fácil”.